Narra Andrea:
Era nuestro último día en Barcelona. Cristina se había ido a Londres a buscar a Liam y vovería directamente a Guadalajara desde allí. Tenía que ser un día inolvidable, así que en cuanto terminamos de desayunar empezamos a planear lo que íbamos a hacer, y parecía que íbamos a ir a la playa, porque los chicos querían hacer surf. En esto estábamos cuando llamaron a la puerta. Sospeché quién podía ser y fui a abrir. Allí estaba Logan, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados y el pelo sin peinar.
-Te dije que te iba a llamar, pero he preferido venir.
-Pasa, yo te iba a llamar cuando decidiésemos qué vamos a hacer hoy; contábamos contigo.
-Podríais ser más discretos, ¿no?-les grité a los del salón cuando me di cuenta de que se habían callado de golpe y que, seguramente, todas sus cabezas estarían vueltas hacia nosotros.
Como sospechaba, todos pensaban que Logan y yo éramos novios, pero delante de nosotros disimulaban para que no me enfadase.
-Estamos pensando en ir a la playa ¿te parece bien?-le pregunté cuando nos sentamos en el sofá.
-La verdad es que…-estaba un poco cortado y miraba al suelo-Yo… tenía pensado… pasareldíacontigoasolas- esto último lo dijo muy deprisa y muy bajo.
-Pero si vamos a la playa con los demás nos lo vamos a pasar muy bien, y así los conoces…
-Por favor-siguió hablando muy bajito y los demás siguieron a lo suyo, suponiendo que queríamos intimidad-, es nuestro último día juntos, no sabemos cuándo ni si nos volveremos a ver; quiero aprovecharlo, que sea especial.
-También puede ser especial con los demás.
-Por favor…-puso carita de niño bueno-Ya tenía pensado un plan…
-Está bien, pasaré el día contigo. Chicos-me dirigí a los demás, que aún discutían-, Logan y yo nos vamos.
Nos levantamos del sofá y me fui a coger un boso. Cuando salíamos alguien dijo:
-Lerman, esperamos que la niña esté en buenas manos. Es la única buena e inocente que nos queda, así que cuídala.
-Lo haré-prometió Logan saliendo por la puerta.
-¿Y cuál es ese súper plan tuyo?-le pregunté.
-Pasear sin rumbo, conocer la ciudad por nosotros mismos. No suena muy atractivo pero es divertido. Para esta tarde sí que tengo algo.
Logan tenía razón, pasear sin rumbo era divertido. Pasamos por los mejores sitios, hasta encontramos una tienda de ropa alternativa a la que yo llevaba un tiempo queriendo ir. Logan me ayudó a elegir un vestido (negro con puntos blancos y detalles en rojo en el escote y los tirantes, entallado hasta la cintura y con una falda amplia y larga hasta las rodillas) y una camisa y nos entretuvimos un rato mirando los extravagantes complementos, juguetes, y hasta revistas japonesas llenas de colorines y dibujitos adorables.
-Qué pantalones más raros… me los probaría si no fuesen de chica-Logan me enseñó una especie de pantalones cortos con volantes y yo me empecé a reír solo con imaginármelo en el probador con eso, ligueros y medias de encaje
-Logan-me costaba hablar de la risa-, eso no son pantalones, es… ropa interior de lolita.
Su cara era indescriptible.
-¿Estás segura?-asentí- Pero… es un poco largo…-me reí más- y estos volantes…
-Se trata de imitar de forma infantil las costumbres y ropa de la época victoriana.
Hasta la dependienta se partía de risa detrás del mostrador al ver la cara de Logan todo intrigado con los corsés y los artilugios de ciencia-ficción; nos miraba como pensando “qué pareja tan mona y qué chico tan curioso y simpático”. Otra más.
-Espérame aquí, ahora salgo-me pidió Logan nada más salir de la tienda comiendo golosinas japonesas.
-¿A dónde vas?
Minutos después salió muy sonriente con un paquete envuelto en papel de regalo.
-Esta tarde te lo doy.
Seguimos paseando durante el resto del día, recorrimos todo tipo de parques, tiendas, alguna cafetería… incluso una tienda de cómics, donde seguí la misma estrategia que él al salir: le pedí que esperase fuera mientras le compraba un regalo que le daría cuando me diese él el mío.
Cuando empezaba a atardecer fuimos a cenar a un restaurante que había en la playa donde los habíamos conocido. Después de cenar nos sentamos en la arena.
-Ya es hora de darte tu regalo-me tendió el paquete de la tienda de ropa.
Al abrirlo resbaló sobre mis piernas una chaqueta negra con capucha. Parecía de lo más normal, pero al extenderla vi que los bolsillos tenían forma de zarpas. También había una diadema con orejas de gato.
-Como siempre llevas las manos en los bolsillos, parecerá que tienes manos de gatito-me dijo- y la diadema es para complementar.
Los dos nos reímos cuando me puse la diadema y dejé que abriera su regalo. Era una camiseta con un dibujo de Lobezno y un lobo y este decía: “No way, my name is Logan too!” (algo así como “¡No puede ser, yo también me llamo Logan!”).
-Muy graciosa-dijo en un tono algo irónico, aunque se notaba que le encantaba-, ahora sí que me preguntarán si me llamo Logan por Lobezno.
-No quiero ponerme cursi, pero voy a echarte de menos.
-Solo han sido unos días, pero nos hemos hecho muy amigos-se quedó callado un rato, pensativo, luego se quitó la pulsera de cuero que llevaba en la mano derecha y me la puso-. Toma, quédatela. Si algún día nos volvemos a ver, espero que la lleves puesta.
-¡Ahora el cursi eres tú!
-No, es que me da pena que nos separemos… ¡Ya sé qué podemos hacer, huyamos juntos en una cebra unicornio rosa a Fresilandia! ¡Iremos siguiendo el camino del arcoíris de purpurina!
-No te pases.
Aún estuvimos un rato en la playa, y cuando se hizo noche cerrada me acompañó a la casa. Intentando que no nos viesen desde dentro, nos abrazamos mucho más fuerte que nunca.
-Adiós-dije con voz ahogada cuando nos separamos; me empezaban a traicionar los sentimientos.
-Adiós-respondió él con el mismo tono.
Me di la vuelta y me fui hacia la puerta, todavía con un nudo en la garganta ¿cuándo podría volver a verle? Cuando entré en casa me fui a recoger mi maleta y me acosté en cuanto terminé.
Durante el viaje estuve callada casi todo el tiempo, y, aunque no dije nada, todos sabían la razón. Llegué a mi casa cansada, pero me puse a deshacer la maleta para que no se estropease el vestido nuevo al estar tanto tiempo doblado y aplastado. Puse música antes de dormirme, pero no fue buena idea porque nada más encender el reproductor empezó a sonar “In my veins”, de Andrew Belle, una canción bonita pero muy melancólica, desde luego no la más adecuada cuando te acabas de despedir por tiempo indefinido de un amigo que te empieza a gustar.

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